Convivo con un mendigo. No es un mendigo cualquiera: tiene trabajo, pagado; come, lo justo; duerme en su cama, tiene móvil, incluso tablet... pero es un mendigo. Y eso no lo hace peor, ni repudiable, me hace pensar.
Desde hace meses desapareció de él una especie de aura que indicaba que más o menos todo iba bien. Pero con su impoluta presencia, siempre conjuntado, algo perfumado, sin manifestar ni la mínima queja, era difícil pensar que vivía como un mendigo. Igual todos vivimos como mendigos, sobreviviendo cada día.
Y ayer se lo espeté: "cómo llevas la supervivencia?" Y todas las lágrimas de estas semanas salieron de golpe: "no aguanto más". "Lo se, has dejado el historial de tu buscador sin limpiar y las últimas búsquedas no han sido precisamente de soluciones para vivir en la pobreza". Buscaba cómo suicidarse sin sufrir MÁS.
Y enumeró las claves de los nuevos mendigos: casa hipotecada a punto de llevársela el banco, préstamos para el consumo que se lo van consumiendo poco a poco, electrodomésticos que no pueden enchufarse a la corriente, caros jerseys que no pueden lavarse como recomienda la etiqueta y pierden el brillo de su alta gama, coche de alta gama sin brillo y sin la correspondiente ITV... y un numeroso, cuantioso y caro número de cosas que llenan la maleta del nuevo mendigo.
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